Hace algún tiempo no me pasaba por aquí. Ni siquiera era por falta de quejas, simplemente no me sentía como para sentarme y ponerlas por escrito. Todo el que me conoce tiene una buena ración de ellas a diario de todos modos.
No, lo que me trae aquí de nuevo obedece a otro motivo. A escribir, sólo por el placer de escribir. Escribir sobre la escritura (quien me viera, pues). Antes lo hacía todo el tiempo, ya saben. Si estaba triste, escribía, si estaba contento, preocupado, pensativo, nostalgico, o solamente aburrido, escribía.
Solía poder escribir sobre cualquier cosa, siempre y cuando estuviera de ánimos para hacerlo, sin importar si ese algo de lo que hablaba era relevante, interesante, o bien hecho. No importaba en lo más mínimo, para mí estaba bien.
Solía poder escribir sobre cualquier cosa, siempre y cuando estuviera de ánimos para hacerlo, sin importar si ese algo de lo que hablaba era relevante, interesante, o bien hecho. No importaba en lo más mínimo, para mí estaba bien.
Entonces comienzo a estudiar Letras, mi mente se abre como la proverbial Caja de Pandora, sólo que en el fondo no queda esperanza alguna, sino un complejo estúpido de insuficiencia e inferioridad. Empiezo a sentir que nada de lo que escribo es suficientemente bueno para mí, y probablemente, para nadie más. Comienzo a bajar el ritmo. De cuatro poemas y dos o tres cuentos mensuales, ahora me sale un intento de cuento cada tres meses. Posteriormente, simplemente dejo de intentar, ahora sólo escribo sobre cosas personales si el ámbito académico lo requiere.
Luego trato de retomar el hábito: un bosquejo débil de algún relato aquí, un soneto mediocre allá. Una página del cuaderno mientras hago un viaje particularmente largo en el Metro, cosas así. Todavía no termina de cuajar, es un intento que ni yo mismo me tomo en serio.
La gente que leía mis idioteces comienza a preguntarme qué pasa, que por qué ya no escribo, que cómo va aquella épica tan ambiciosa que estaba escribiendo, que qué pasó con mis ambiciones de publicar algún día y yo simplemente me encojo de hombros y respondo que simplemente me quedé sin ideas. Vil mentira, esa. Ideas tengo, a granel. Lo que no tengo es la convicción de sentarme, descargar el montón de ideas y olvidarme del estigma de no ser lo suficientemente bueno. Ya hubo un Rimbaud, no va a haber otro ni lo necesitamos. Tengo que dejar de tratar de compararme con los grandes.
Ese es precisamente mi problema. Quiero escribir, pero no me atrevo, salvo por mis raptos periódicos de ansiedad, como este, que me obligan a escribir.
Y ahí lo tienen, el porqué dejé de escribir. Este es mi más reciente intento de volver a ello, de volver al ruedo. Ya se enterarán como vaya saliendo.
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