martes, 23 de octubre de 2012

Escribir sobre la Escritura

Hace algún tiempo no me pasaba por aquí. Ni siquiera era por falta de quejas, simplemente no me sentía como para sentarme y ponerlas por escrito. Todo el que me conoce tiene una buena ración de ellas a diario de todos modos.

No, lo que me trae aquí de nuevo obedece a otro motivo. A escribir, sólo por el placer de escribir. Escribir sobre la escritura (quien me viera, pues). Antes lo hacía todo el tiempo, ya saben. Si estaba triste, escribía, si estaba contento, preocupado, pensativo, nostalgico, o solamente aburrido, escribía.
Solía poder escribir sobre cualquier cosa, siempre y cuando estuviera de ánimos para hacerlo, sin importar si ese algo de lo que hablaba era relevante, interesante, o bien hecho. No importaba en lo más mínimo, para mí estaba bien.

Entonces comienzo a estudiar Letras, mi mente se abre como la proverbial Caja de Pandora, sólo que en el fondo no queda esperanza alguna, sino un complejo estúpido de insuficiencia e inferioridad. Empiezo a sentir que nada de lo que escribo es suficientemente bueno para mí, y probablemente, para nadie más. Comienzo a bajar el ritmo. De cuatro poemas y dos o tres cuentos mensuales, ahora me sale un intento de cuento cada tres meses. Posteriormente, simplemente dejo de intentar, ahora sólo escribo sobre cosas personales si el ámbito académico lo requiere.

Luego trato de retomar el hábito: un bosquejo débil de algún relato aquí, un soneto mediocre allá. Una página del cuaderno mientras hago un viaje particularmente largo en el Metro, cosas así. Todavía no termina de cuajar, es un intento que ni yo mismo me tomo en serio.

La gente que leía mis idioteces comienza a preguntarme qué pasa, que por qué ya no escribo, que cómo va aquella épica tan ambiciosa que estaba escribiendo, que qué pasó con mis ambiciones de publicar algún día y yo simplemente me encojo de hombros y respondo que simplemente me quedé sin ideas. Vil mentira, esa. Ideas tengo, a granel. Lo que no tengo es la convicción de sentarme, descargar el montón de ideas y olvidarme del estigma de no ser lo suficientemente bueno. Ya hubo un Rimbaud, no va a haber otro ni lo necesitamos. Tengo que dejar de tratar de compararme con los grandes.

Ese es precisamente mi problema. Quiero escribir, pero no me atrevo, salvo por mis raptos periódicos de ansiedad, como este, que me obligan a escribir.
Y ahí lo tienen, el porqué dejé de escribir. Este es mi más reciente intento de volver a ello, de volver al ruedo. Ya se enterarán como vaya saliendo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Bien, la primera rabieta del loco.

No estoy demasiado familiarizado con este peo del blog. En serio, soy nuevo en esta vaina. Hace unos meses, un viejo amigo del colegio, en vista de la cantidad de quejas, odio y veneno que destilaban mis estados y publicaciones en Facebook y Twitter, me sugirió que me creara una cosa de estas. Ya saben, para quejarme más eficentemente, mejor y en más caracteres.
Al principio estaba como reticente a la vaina. Mi vieja siempre dijo que yo era un viejo prematuro y creo que tiene razón. Esa vaina de estar manejando 4 o 5 redes sociales, mantenerme al día con el Msn, el Skype y además llevar uno o más blogs nunca ha sido lo mío, pero ahí vamos.

Para bautizar esta verga, mi primera queja va contra esta vaina. ¡QUE INTERFAZ DE MIERDA! La vaina como que quiere ser simplista, pero no termina de serlo, y termina pareciendo un cruce entre Microsoft Word, la página de texto de Tumblr y un bloc de notas. Qué chimbo, no me agrada.
Lo mío siempre ha sido el papel y lápiz, me jode escribir vainas demasiado personales en este formato. Es como leí en un cuento de cierto profesor de mi escuela: "La computadora le da una existencia intermitente a las cosas. Cuando se enciende existe, cuando se apaga no".
Pero bueno, qué se le va a hacer. Acostúmbrate, eres un adulto joven en pleno puto siglo XXI. O es digital o no es nada. Menuda sarta de mierda.

Pero a tí, que me lees, si es que me lees, te debo una introducción a esto. ¿Por qué un blog para quejarse? Porque puedo. Y porque lo necesito. Y tú también lo necesitas, no te hagas el pánfilo. Porque simple y llanamente, quejarse de algo siempre me ha parecido un ejercicio de cordura. Más allá del hecho de que la gente pueda llegar a pensar que soy un ser profundamente amargado o inconforme. Un "hater", como me llamarían en estos anglicismos hediondos que usamos todos ahora.

Como dije previamente, esta cuestión empezó con la sugerencia de un pana. Quizá porque estaba cansado de leer mi destripadera constante contra todo y todos en las redes sociales en las que me sigue o cuando conversábamos, quizá porque pensó que aislado al mundo del blog, tanta gente ya no tendría que aguantarse mis ataques de combustión espontánea verbal, o quizá porque realmente le parece buena la idea de un blog de quejas, así que en cierto modo, este es mi homenaje a ese amigo. Pues eso, quejas, críticas y rabietas. Porque puedo, porque quiero, porque lo necesito y porque sabes que hay cosas que no dices por ser políticamente correcto. Pero tu me dirás cuando lo políticamente correcto ha sido medianamente entretenido.